Guillermo Sullivan: la voz que no pudieron callar

Guillermo Sullivan (1888-1927)
Don Guillermo Sullivan (1888–1927): poeta de Ramallo, director de la revista Blasón y diputado nacional yrigoyenista.

Hay vidas breves que arden con la intensidad de un incendio. La de Guillermo Sullivan (1888–1927) fue una de ellas. Poeta exquisito de la bohemia porteña, director editorial, tribuno de barricada y diputado nacional por la Unión Cívica Radical, Sullivan condensó en sus escasos treinta y nueve años de existencia el drama, la épica y las contradicciones de una Argentina que despertaba a la soberanía popular bajo el liderazgo de Hipólito Yrigoyen.

Rescatar su figura de las sombras no es un mero ejercicio de arqueología familiar o de nostalgia comiteril; es devolverle al mapa cultural argentino una de sus piezas más singulares: la de aquel joven de origen irlandés nacido en el Ramallo rural de fines del siglo XIX que eligió la intemperie del verso y el fragor de la política antes que la cómoda mediocridad de las élites conservadoras.

Raíces en Ramallo

Nacido en 1888 en el partido de Ramallo, en el seno de una familia de inmigrantes irlandeses que ayudaron a forjar la identidad del norte bonaerense, Sullivan creció respirando la vastedad del campo argentino y el eco de las rebeliones cívicas. De esa geografía nutricia extrajo una sensibilidad lírica que jamás lo abandonaría, incluso cuando el asfalto de Buenos Aires y los estrados legislativos absorbieron sus mejores energías.

Su irrupción en las letras fue temprana y prolífica. Ya en 1910 publicó Preludios, al que siguieron Ahí van (1911) y Y brotaron, entre las piedras, algunas flores… (1917). En sus versos, Sullivan no buscaba el mero adorno formal; practicaba una poesía de pulso humano, atenta a las penas del hombre común y a las búsquedas metafísicas de su tiempo. Obras como Aldabonazos de ayer (1919), Los sembradores de la belleza (1920), Bíblico vino (1922) y A la vera del camino (1923) consolidaron un catálogo que dialogó de igual a igual con las corrientes literarias del período de entreguerras.

La forja de Blasón

Pero Sullivan no se conformó con escribir: entendió que la cultura necesitaba trincheras colectivas. En febrero de 1915 fundó y dirigió la revista Blasón, subtitulada con audacia como una publicación de «letras, ciencia, política, arte, historia y comercio».

Aunque efímera —llegó a publicar siete números antes de despedirse en mayo de ese mismo año—, Blasón se convirtió en un acontecimiento intelectual. Desde sus páginas, Sullivan logró congregar a las figuras más gravitantes del pensamiento nacional: publicó colaboraciones y textos póstumos de Aristóbulo del Valle, Manuel Ugarte, Horacio B. Oyhanarte y el inmenso Pedro B. Palacios, «Almafuerte». En ese cruce de plumas se adivina el proyecto sullivaniano: una alianza indisoluble entre la hondura estética y el compromiso cívico.

El fragor cívico

Con la llegada del radicalismo al gobierno en 1916 tras la sanción de la Ley Sáenz Peña, Sullivan abrazó la causa de Yrigoyen con fervor apostólico. No era un político de despacho: su territorio natural eran los comités de barrio, las esquinas obreras y las asambleas multitudinarias de la Capital Federal.

Elegido diputado nacional por la 10ª circunscripción, se destacó como un orador formidable, capaz de electrizar a los auditorios con una oratoria inflamada y lírica a la vez. En un parlamento donde la vieja oligarquía todavía resistía el avance popular y donde el socialismo porteño disputaba palmo a palmo el voto obrero, Sullivan fue una espada implacable del yrigoyenismo. No temía la confrontación ni el martirologio: concebía la política como un deber ético intransferible.

Esa entrega total le costaría la salud y, finalmente, la vida. En marzo de 1922, tras una actividad partidaria, fue víctima de un violento atentado a balazos en la calle Corrientes que conmocionó a la opinión pública. La bala alojada en su cuerpo mermó su vigor físico pero no su temple. Continuó su labor legislativa y literaria hasta que su corazón se apagó el 1 de agosto de 1927. El Congreso de la Nación abrió las puertas del Salón de los Pasos Perdidos para que una multitud de correligionarios, obreros, escritores y vecinos despidiera al joven legislador que había entregado todo por sus ideales.

La memoria viva

La historia oficial suele tener una memoria mezquina: archiva a los rebeldes y petrifica a los santos de bronce. Por eso, reconstruir la trayectoria de Guillermo Sullivan —como intenté plasmar en las páginas del libro Radical— significa algo más que homenajear a un antepasado o a un prócer local.

Significa recordar que hubo una época en que la política no era una carrera de marketing ni una pasarela de cálculo financiero, sino un fuego sagrado alimentado por la poesía, la fe republicana y el amor incondicional a los desposeídos. En la mirada serena y firme de aquel muchacho de Ramallo que desafió a su tiempo todavía late una lección indispensable para nuestro presente.

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