Era 2009. Estaba en un seminario de doctorado en la UBA con el Dr. Agustín Salvia —sociólogo del CONICET, investigador del Observatorio de la Deuda Social, ese tipo de académico que respira datos y transpira rigor metodológico— cuando cometí el error de abrir la boca.
No recuerdo exactamente el contexto, salvo que yo había leído un articulo de la revista Wired. Probablemente estábamos discutiendo epistemología, métodos cuantitativos, o alguna variante de «cómo se hace ciencia seria». Yo, con mi entusiasmo propio de los que venimos de la teoría de sistemas y creemos que todo es, digamos, con el perdón de la palabra «optimizable», solté algo así como: «¿Y si el software puede generar hipótesis más eficientes que nosotros? ¿Y si un algoritmo puede escribir papers mejores y más rápido?»
Silencio.
Treinta compañeros de cursada giraron sus cabezas. El Dr. Salvia me miró con esa mezcla de lástima y horror que solo los verdaderos creyentes de la ciencia humana pueden producir cuando ven herejía. No me echó del aula —eso sería aún más dramático y memorable— pero hizo algo peor: me mandó a leer dos libros para la semana siguiente (que nunca leí, debo confesar) y me aplicó un reto público de esos que te hacen querer que el piso se abra y te trague, junto con tus ideas estúpidas sobre automatización.
Me fui a casa con la cola entre las piernas, convencido de que había sobrepasado los límites de la cordura académica y que debería elegir otro seminario, aunque en ese venía ya por a mitad.
enero de 2026.
Estoy leyendo el paper «Idea2Story: Un canal automatizado para transformar conceptos de investigación en narrativas científicas completas» en Arxiv.org (sí, el número suena a ciencia ficción, pero es real) y casi me caigo de la silla. El sistema descrito ahí —probablemente alguna evolución de los «AI Scientists» que vienen desarrollándose— está generando hipótesis, diseñando experimentos, analizando datos y escribiendo manuscritos científicos de manera autónoma. No como asistente. No como herramienta. Como agente principal del proceso de descubrimiento.
No escribo esto para decir «se los dije» —aunque, bueno, un poco sí— sino para reflexionar sobre el tiempo que tardan las ideas en dejar de ser ridículas. En 2009, sugerir que el software podía hacer ciencia mejor que los humanos era una provocación de nerd insufrible. En 2026, es una publicación con número de referencia.
Al Dr. Salvia, si llega a leer esto: le debo esos dos libros. Pero quizás ahora podemos acordar que la lista de lectura pendiente podría ser generada por un algoritmo más eficientemente que por nuestra buena voluntad.
Y a mis compañeros de aquella gloriosa jornada, que cuando me ven en los pasillos me siguen recordando aquella gesta épica, no puedo menos que agradecerles.


Comments are closed, but trackbacks and pingbacks are open.