En el nunca bien ponderado «La riqueza de las Naciones«, Adam Smith hacía una descripción cuasi médica de cómo sería una administración saludable de un país.
Durante años repetí el versito de lo malo malo que era ese libro, hasta que lo leí y quedé maravillado, entre otras cosas porque además de lo bien escrito que está, hacia el final hace un comentario respecto a lo problemático que iba a resultar el capitalismo que estaba viendo surgir. Para sintetizarlo interpreto que dice algo así como que los trabajadores van a melancolizarse, aun dentro del sistema.
Es posible que Mary Burns, la novia irlandesa de Engels y el mismísimo Carlos Marx hubieran reflexionado sobre este libro: la primera convenció al hijo del millonario de financiar al segundo y desde entonces tenemos una izquierda científica, capaz de explicar la economía política.
Más allá de que la idea de izquierda, de siniestra, viene de la revolución francesa y aun de antes, cuando los izquierdistas eran los mas alejados del statu quo monárquico.
A mediados del siglo XIX estas ideas empezaron a fluir hacia los rioplatenses y hasta los pro-británicos Rosas y San Martín llegaron a advertir que no les gustaba nada eso que sería la izquierda.
Sea como fuere los fundadores del socialismo argentino iban más allá de la discusión intelectual y lucha contra los holgazanes: crearon la Sociedad Obrera de Socorros Mutuos, la Sociedad Luz, la Cooperativa El Hogar Obrero, en fin desarrollaron un extenso e invisibilizado cooperativismo, construyeron decenas de centros de lectura (hoy llamados “bibliotecas”), muchos de los clubes de fútbol (de color rojo o rojinegro generalmente) y todo tipo de lugares de encuentro para mujeres, jóvenes e inmigrantes.
Todo ese impulso inicial se mantuvo con fuerza durante décadas y en ese magma surgió un héroe nacional como Alfredo Palacios, impensable sin todo ese humus social en el que surgió y se sostuvo, aun con contradicciones y fragilidades como todos los humanos.
Hoy en día, frente a estas PASO medíaticas, viendo las tristes campañas del arco trotsko-progresista, no queda más que lamentarse que todo aquello se haya ido reduciendo a la esperable protesta con hora de cierre, al discurso de figuretis, al paro burócrata, a la lucha televisiva, al corte de tránsito que afecta a otros trabajadores, etc, etc
A todo esto una rama del «peronismo», una forma de corporativismo de los 30 aún vigente en Argentina, ha colonizado estos complejos de ideas vaciándolos de sentido: mientras se llena la boca con una supuesta lucha contra la pobreza, cualquiera puede verificar que no hay una sola oficina donde se trate el tema como corresponde, excepto con la consabida distribución de subsidios sin ton ni son, sin la imprescindible educación y asesoramiento que requeriría, sin canales productivos donde plasmar esos fondos, que muchas de las veces derivan en distorsiones.
El resultado son compras en centros con tarjeta que anemian al almacenero del barrio, desvíos al bingo del pueblo, consumo de psicotóxicos que se compran al transa local, o compra de productos importados que oxidan la industria nacional. Nada de eso es una lucha contra la pobreza, mal que le pese a todos los infectados por esas creencias personalistas.
En fin, así como se ejercita el ser de izquierda hoy en día, el izquierdista protestón, sólo funciona como un lejano ruido de fondo para el proceso de acumulación, extracción y control de las mayorías por un pequeño grupo de elite.